Finalista del II Certamen de Relatos Cortos 2014

LA ORUGA

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Vivían en la misma calle y desde que eran pequeñitos iban juntos al colegio, compartían juegos, miedos, sonrisas. La vida en general. Daniela y Alejandro se conocen desde siempre porque desde que tienen uso de razón han sabido el uno del otro, y viceversa.

Daniela era una niña tímida y apocada que por no molestar no hablaba. Siempre fue así, lo que los mayores suelen decir: una niña buena. Alejandro era más vivo, más inquieto, y la curiosidad por ver o por saber era motivo más que suficiente para entrar y salir de los sitios o de los grupos. Desde que era niño nada se le resistía. Con Daniela compartía todas sus inquietudes e ilusiones.

Pasaron juntos su infancia, esas tardes de verano en la piscina, las de primavera en el parque y las de invierno en casa de la abuela María, abuela de Daniela. Vivieron su adolescencia, ese momento en el que se te despierta el querer conocer a alguien; las mariposas del amor revoloteaban en su vida. Daniela y Alejandro conocían a otras personas pero siempre se comparaban el uno con los otros. Nadie era como Alejandro ni nadie como Daniela.

Su amistad era sólida, asentada en piedra. Una amistad de las que crecen en la infancia y se fortalecen con los años. Incluso sobrevivió esta unión a los años de la facultad en la que los jóvenes universitarios descubren nuevos mundos y las utopías e ilusiones acampan en nosotros. Daniela y Alejandro aunque no estudiaban juntos sí compartían su viaje a la gran ciudad, los problemas, las dudas, los desengaños de los amigos, también las alegrías. Daniela y Alejandro eran uno, se creían oruga, pensando que un día serían mariposas.

El viaje de cada uno nos lleva por caminos que a veces no comprendemos, pero que tenemos que pasarlos para entender porqué y para qué. Y así les ocurrió a Daniela y a Alejandro, el tren de la vida pasó y se subieron. El primer trabajo les separaba. ¡No importa en la era de internet estamos en contacto!, manifestaron cuando hubo que decirse hasta pronto. Pero la realidad es otra, y la lejanía se encargó de enfriar tantos años de amistad. Alejandro en París y Daniela en Buenos Aires. Su primer trabajo, su primer destino, sus primeros descubrimientos, sus primeros sueños.

Los inicios no fueron fáciles para ninguno de los dos -para nadie lo son- pero poco a poco, día a día, formaron y dieron sentido a su nueva vida, su nuevo hogar, sus nuevas amistades, y el contacto llegó a ser anecdótico.

Pero un día soleado de mayo en París, y oscuro en Buenos Aires, Alejandro se despertó, miró su móvil y leyó un mensaje de texto. Era Daniela, ¡Cuánto tiempo!, pensó. Más de un año sin tener noticias. Leyó aún adormilado el mensaje: ¡Te necesito!. Dos palabras más que suficientes para que Alejandro supiera que Daniela le necesitaba. No hacía falta más para saber que su amiga no estaba bien. Se justificó como pudo en el trabajo y ese mismo día se puso rumbo a Buenos Aires, preocupado, angustiado. No había podido contactar con su amiga; sin noticias pero con esperanzas.

Muchas horas de vuelo, muchas horas de preguntas sin respuesta. Su curiosidad no se podía satisfacer. Un taxi le llevó a la casa de Daniela, situada en un barrio de dinero de la ciudad del tango. Miró a la fachada, subió corriendo las escaleras hasta el primer piso, llamó al timbre y le abrió un joven que nada más abrir le reconoció. Daniela le había hablado tanto de Alejandro que era uno más.

Alejandro preguntó por Daniela, urgió verla pero el joven apuesto le impidió la visita. Razones, muchas, ninguna convincente para Alejandro. Que si estaba indispuesta, que si no estaba presentable. Ninguna convencía a Alejandro, por lo que enfadándose alzó la voz hasta que de repente escuchó una voz entrecortada, casi sin fuerza, que dijo: oruga. Enseguida Alejandro entendió. Daniela estaba en la casa y recordó esa frase clave de Lao Tse que se decían cuando estudiaban: “Lo que la oruga llama fin, el resto del mundo le llama mariposa”.

Abrió todas las puertas que había en un largo pasillo pintado de azul, y en un pequeño despacho, sentada en el suelo con los ojos hinchados, el pelo revuelto y su rostro amoratado se encontraba su amiga. Atormentada, asustada y sin poder hablar. Las lágrimas la impedían expresarse. Se sintió oruga y vio el fin.

El joven apuesto del que se había enamorado, que le había prometido una linda vida la tenía encarcelada, incomunicada, sólo para él, y nadie más. Daniela en un mundo cruel, completamente perdida donde la sonrisa se le había borrado, y donde nadie la creía porque ese joven, Arturo, a la luz de todos era el marido y novio ideal. El temor y la tristeza se convirtieron en protagonistas de su existencia.
Daniela ya no era tal, sus miedos crecieron hasta que ese día sacó fuerzas para escribir esas dos palabras: ¡Te necesito!…y entonces la oruga sería mariposa.

Mónica Moreno

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