Relato “Las manos torcidas”

manos torcidas
Cuando la señora Carmen entró en la consulta enseguida me di cuenta de que no era una paciente más. Su mirada me impresionó. No porque reflejase en sus ojos su inmenso dolor y sus manos estuviesen desfiguradas. No porque apenas pudiera hablar y caminar, pero lo hacía. Una enorme fuerza de voluntad por querer seguir adelante se vislumbró cuando cruzó el umbral de aquella habitación.
La señora Carmen me hizo recordar a mi madre– y no siempre es fácil volver a los duros recuerdos- cuando me llamó “niña”. Para mi madre fui siempre su niña, supongo que igual que para todas las madres. Recibí entonces como un fogonazo en mi mente la imagen de mi madre, tan luchadora y trabajadora.

Las manos torcidas de la señora Carmen se parecían a las de mi madre, unas manos que reflejaban el trabajo duro en el campo de esta mujer que hoy no recordaba quién era, y que se había quedado pensando en que un día encontraría a su madre. “Niña, ¿Le puedes decir a mi madre que estoy aquí?” , me dijo con un hilo de voz, pero de forma contundente. “Pues claro, ahora mismo la llamo y la digo que estás con la doctora”, expresé.

Pensé que su hija enseguida me comentaría el motivo por el que llegaban a mi consulta, pero la señora Carmen continuó con su conversación –algo que agradecí en aquellos momentos-, y manifestó casi susurrando: “¿Es que no le dije que venía a una entrevista? ¿Sabe, quiero trabajar?¡Estoy tan orgullosa de ella. No quiero que trabaje más!” .

Me quedé pensativa y a punto de llorar, porque yo con mis 60 años nunca había dicho ni pensado esas palabras de mis padres; al contrario. Hasta hoy no me he sentido orgullosa de ellos. Mis padres fueron humildes, emigraron del pueblo a la ciudad, con solo una pequeña maleta cargada de ilusiones y esperanzas por vivir un poco mejor. No tuvieron nunca grandes aspiraciones, vivieron con lo que tuvieron, sin pedir nada a nadie.

Mi padre trabajaba en una frutería, de asalariado, y mi madre para poder pagarnos a mi hermano y a mí la carrera –como ella decía- se empleaba fregando escaleras a mano en varias casas de vecinos adinerados. Hiciera frío o calor, con salud y sin ella, a los amaneceres de Dios, los dos madrugaban para que a nosotros no nos faltara de nada; para que tuviésemos los libros que nos mandaban los exigentes profesores; para que siempre acudiéramos a todos aquellos cursos que nos ofrecieran la mejor educación; para que pudiéramos vestir bien; para tantos para ques…. Mis padres practicaron la Universidad de la vida, esa que tanto cuesta aprobar y que tan poco se agradece. La Universidad de la lucha y de la experiencia.

La señora Carmen con su alzheimer me hizo darme cuenta y arrepentirme de lo egoísta que había sido en mi juventud. Ya no viven, se marcharon tan pronto en un fatídico accidente, y no se lo puedo decir. Quiero pensar que alguna vez les demostraría gratitud, no lo sé. Hoy soy médico, como tantos en el mundo; médico de cabecera, y lo soy porque mis padres decidieron sacrificarse para que yo hoy pueda atender a personas como Carmen.
Sin embargo, ahora lloro porque tengo que confesar que fui cruel y muy dura con ellos. Ha tenido que ser una persona que no sabe quién es para recordarme porque estoy aquí y cómo he llegado a ser lo que soy.

En mi época de la Facultad, con esos 18 años en los que nos vamos a comer el mundo, con proyectos y más proyectos, renuncié a mis orígenes. Me inventé mi propia película, en la que yo era la protagonista. ¿Quién no ha soñado con vivir en un mundo mejor? Un mundo en el que no tengamos preocupaciones y que todo fuese cómo yo quería. Yo lo inventé y me lo creí tanto que hablaba yo sola como si fuera verdad. Me lo creí, lo viví y lo interioricé, era todo tan natural que nadie sabría quién era realmente yo.

Mi nombre sí fue verdad y mi fecha de nacimiento. Bueno era cierto todo aquello que los demás podrían comprobar por los datos académicos, porque hay cosas que por mucho que nos empeñemos no se pueden esconder. En aquellos años era más fácil ser quien tú quisieras ser. Yo era Julia García Sánchez. Eran tan normales los apellidos, tan sin sustanciales. “Simplones”, como le decía yo a mi hermano.

Empecé a relacionarme con un grupo de chicos y chicas que tenían apellidos con clase, de esos que enseguida sabes que sus padres no están fregando escaleras y vendiendo fruta antes de que salga el sol. Su vida y la mía eran tan diferentes; ellos tan pudientes. Qué envidia me daban cuando contaban que habían pasado el fin de semana con la tía Antoñita de Málaga o en el Hotel Cruz de Alicante, en una fiesta de cumpleaños. Sí, me moría de envidia, tanto que cuando me preguntaban cómo había pasado mi fin de semana, yo siempre me inventaba que había ido con “papá a la casa de la sierra” o que “la familia de mamá había festejado con un gran boato el aniversario de los tíos”. Nada más lejos de la realidad, todo con tal de que no supiesen cómo era mi familia.

Siento ahora tristeza de mí misma, de esa mentira que me creé y que durante mucho tiempo inventé año tras año. Mis luchadores y humildes padres nunca existieron para estos amigos. Creo que no los puedo llamar amigos, si nunca tuve la confianza de contarles la verdad. ¡Qué falsa he sido con todos!.

Mis padres trabajaron tanto que el paso de los años dejó presencia en sus huesos, en esas manos torcidas que los dos tuvieron. Las arrugas de la piel, las canas en el cabello y la curvatura de su espalda. Esas fueron las notas de su Universidad, y no me di cuenta.
Las notas que me dieron una carrera, la que hoy ejerzo como médico, y que gracias a ellas pude estudiar. Ellos apenas sabían leer ni escribir; mi padre hacía las cuentas de memoria, ¡Qué más quisiera yo tener esa memoria matemática!, y mi madre identificaba las letras pero poco más. Siempre quisieron que sus hijos no fueran como ellos, analfabetos. Nosotros nos avergonzábamos de ellos, de su simpleza, como los apellidos. Pero qué egoístas hemos sido, para que yo fuera médico muchas escaleras tuvieron que ser fregadas por mi madre. Muchos madrugones al mercado de mi padre. Tantos sacrificios sin ser reconocidos.

Dejé mis recuerdos y miré fijamente a la señora Carmen que con la mirada perdida seguía buscando a su madre. Ella también era madre, una madre que como tantas otras sacrificaron su vida por todos nosotros, con tal de que no tuviésemos como ellos las manos torcidas. La señora Carmen me hizo pues también sentir orgullo de mi madre y de mi padre. Ojalá pudiera decirles ¡Qué orgullosa estoy de vosotros!. Fueron Cum laude en la Universidad de la vida.

Gracias a todos los padres que como los míos nos dieron el ciento por uno para que hoy seamos lo que somos.

Muchas gracias. @moniqueilles /Mónica Moreno
P.D.- Este relato no podrá reproducirse en otro medio sin permiso ni autorización de la autora

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