Relato “La vida es un de repente”

angelica
Hoy os regalo mi último relato escrito. Lamentablemente muy de actualidad.

Angélica es una alta ejecutiva de una gran empresa tecnológica de Madrid. Una profesional con medio centenar de personas a su cargo. Es una persona empática y entusiasta considerada por sus compañeros como una buena y gran compañera. Es jefa pero también compañera, y así se lo deja ver en su relación con ellos. Esta es una de las razones por la que el departamento de marketing que ella dirige es uno de los más valorados de la empresa.
Angélica es una mujer inteligente, hecha a sí misma y capaz de sobreponerse a todos los momentos y circunstancias. Sabe que las circunstancias la hacen cambiar y adaptarse para ser mejor. Una mujer que empezó haciendo prácticas un verano, pero pronto demostró su profesionalidad. Su sabiduría, su creatividad y su forma de trabajar hicieron posible que Angélica sea hoy una de las mujeres más relevantes del sector tecnológico.

Sin embargo hace unos meses vivió unos momentos de oscuridad y de sufrimiento. Sus ojos se apagaron y su sonrisa no era auténtica. Se esforzaba por sonreír, pero su mirada demostraba el sufrimiento que padecía. Aunque no haya palabras, hay comunicación. Los ojos de Angélica se apagaban. Su familia, sus amigos y sus compañeros sabían que algo le ocurría, pero cuando le preguntaban ella siempre decía que “eran imaginaciones suyas”. Sabía disimular sus preocupaciones pero cuando el dolor asoma, al final por cualquier rendija de nuestro cuerpo aparece. “Mi sufrimiento es mío”, pensaba Angélica cada mañana al despertarse tras haber pasado una interminable noche de imsonio. Un día tras otro, una noche tras otra.

La vida es un de repente, que de la noche a la mañana te cambia. De repente y sin saber cómo ocurrió. En una reunión de directivos de la compañía el teléfono de Angélica no paraba de vibrar. Ella se mostraba distraída e intentaba no hacer caso a los whatsapp que saltaban reiteradamente. “Ella es una profesional. No es momento de atender el móvil”, se decía. Eran todos de su novio Alfredo. Su cabeza no estaba en la reunión y decidió mirar el móvil. “Y si era algo importante”, se dijo. Sorprendida, impactada por el contenido de los mensajes optó por no contestar hasta que no supiera que había ocurrido.

Una vez fuera de la reunión, a solas en su despacho, leyó despacio cada uno de los mensajes. Un total de quince. “¿Por qué me engañas?” ” ¿Por qué le sonreías?” “No te valgo yo que tienes que buscarte y tirarte al otro”. “Eres una zorra”. “No sabía que pudieras ser así”. Angélica no daba crédito a estos mensajes. Nerviosa y sin encontrar respuesta alguna, porque no las tenía. No había motivo alguno para esas frases, sería todo fruto de un error. Pero, ¿entonces a quién se lo decía Alfredo? ¿A otra? ¿Tenía dos mujeres? ¿La estaba engañando? Todo era un cúmulo de preguntas sin respuestas. Decidió llamar a Alfredo para aclarar la situación. Su novio, con el que llevaba más de cinco años, nunca la faltó al respeto. Quizás le hayan robado el móvil, se justificó.

Angélica: Hola Alfredo, ¿Qué haces? ¿Podemos hablar?
Alfredo: Hola Angélica, ¿Ya has dejado al otro?
Angélica: ¿Qué otro?
Alfredo: Sí, el que estaba contigo esta mañana en la Cafetería Roma. A mí no me miras así. A mí no me sonríes así. Esa sonrisa seductora para él.
Angélica: No te entiendo. ¿Qué hombre? ¡Estás confundido!. Es un compañero de trabajo. Se acaba de incorporar y estábamos hablando de los planes de futuro de la empresa.
Alfredo: No te creo. Te ví y hay algo más. Me estás engañando.
Angélica: Pero ¡Cómo puedes pensar eso! No es verdad. Te estás imaginando lo que no es.

Alfredo cortó la conversación. Apagó el teléfono. Angélica no daba crédito a lo que había ocurrido. ¿Desde cuándo la espiaba? ¿Por qué esa desconfianza? Esa noche no pudo conciliar el sueño. De repente, ocurre esto. De repente todo cambia. Al día siguiente mandó un mensaje a Alfredo: “¿Nos podemos ver? ¿Quedamos donde siempre? ¿A las seis de la tarde?” Alfredo sólo contestó: “Sí”. Faltaba ese emoticono con el beso que siempre ponía cuando escribía a Angélica. En ese encuentro su novio, que siempre había sido muy atento y cariño con ella se mostró muy distante y tan frío como el hielo. No parecía el hombre al que Angélica amaba con todas sus fuerzas y con el que tenía un proyecto de vida. Ahora era otra persona. De repente, un hombre celoso, acusador y agresivo. Angélica -con dulzura- le explicó que no había ningún otro hombre en su vida, que todo era fruto de los celos y él razonó.

Pero ya nada fue igual. Alfredo había perdido la confianza en Angélica. Se presentaba de repente en la oficina sin avisar. No soportaba que su novia hablara con otros hombres. Sus mensajes eran cada vez más irrespetuosos. Todo eran celos.

Una tarde en una cafetería mientras Angélica fue al baño éste cogió su teléfono. Se lo guardó y entretuvo a Angélica. Ella se dio cuenta de que no tenía su móvil cuando ya se habían despedido. Él la hizo creer que se lo habían robado. Ella confió. Siempre había controlado sus cosas pero últimamente todo le desaparecía. Alfredo la decía que eran despistes. Ella no era así, siempre había sido muy metódica.
movil
Las discusiones eran continuas. Los ojos de Angélica se bañaban en lágrimas. Escondía sus emociones ante los demás pero en soledad todo era tristeza y desaliento.

Un viernes por la noche en su casa Alfredo volvió a acusarla y a insultarla con palabras hirientes. Palabras que dolían más que los golpes. Angélica no podía más. Sin respeto no hay amor. El amor había desaparecido. Gritos cada vez más altos. De repente, Angélica salió corriendo de su casa, sin nada. Escapó de aquel infierno. Corrió desconsolada por la gran avenida. Alfredo detrás de ella. Angélica encontró esperanza en unas luces azules, era la patrulla de la Policía Local. “Agentes, por favor, deténgale. No puedo soportar su maltrato psíquico”, dijo Angélica. Alfredo lo negó todo, tildándola de loca. Pidió perdón y los agentes se marcharon, dejando a Angélica rota de dolor.

Angélica ya no era ella. Su autoestima era débil. Sus nervios se apoderaron de ella. Ya no podía esconder la situación. Su familia no comprendía cómo ella que era tan inteligente pudiera aguantar tanto desprecio y tanto maltrato. “¿Es eso amor?” Decían sus padres. “¿Por qué le aguantas?” Sus amigos. Sí, algo le ataba a Alfredo, y no era amor.

Un martes, tras tres meses de sufrimiento continuo, al finalizar una dura jornada de trabajo, con 20 mensajes de Alfredo, ninguno de ellos en positivo, se armó de valor, cogió su móvil y marcó el 016. Contó cómo se encontraba y denunció a su novio. Una voz que parecía un ángel la hizo ver que las palabras dolían más que los golpes. Que un grito hiere más que una paliza. Qué tú vales mucho y que tu vida es tuya. Por fin Angélica descansó.

De repente, Angélica volvió a vivir.

Escrito por Mónica Moreno Alonso.